OPINIÓN: Corrupción, ¿un problema cultural?

Marcial Manuel Cruz Vázquez / EL SEMANARIO | Abril 2017

Fuente: El Semanario

Nos hemos roto la cabeza por encontrar la solución a los problemas de corrupción e impunidad en los que vivimos. Sociedad civil y gobierno, nos culpamos unos a otros por este terrible mal; sin excepción, pasan los gobiernos cada seis años en los que buscamos el antídoto mágico para erradicarlo y lo más lamentable es que hemos llegado al grado de arraigar la idea de que la corrupción se debe a circunstancias culturales, lo que pareciera nos ha llevado a resignarnos a ella como parte de una supuesta identidad mexicana.

Por un lado, como sociedad responsabilizamos al gobierno por no crear o fortalecer mecanismos normativos, instituciones y autoridades capaces de inhibirla y sancionarla. Es más, vemos a la clase política y gobernante como los únicos responsables. Por otro lado, es una realidad que como sociedad somos partícipes y, muchas de las veces, la fomentamos de mil maneras.

Sin embargo, como el perro que corretea su cola con la frustrada intención de morderla, damos de vueltas en nuestro propio eje tratando de encontrar una inexistente solución. Valdría la pena preguntarnos si realmente la queremos encontrar. Si la respuesta fuera que no, más aún valdría la pena reflexionar quién o quiénes son los responsables de ello. Y, finalmente, ¿por qué se quiere que nuestro país permanezca en ese estado? Estas preguntas nos ayudarían mucho a dilucidar lo que está pasando y ponernos en el camino para encontrar una verdadera solución al salir de nuestro propio eje para, desde afuera, proponer objetivamente el remedio adecuado.

Ya por ignorancia o complicidad, hemos pretendido soluciones con reglas establecidas por el mismo sistema corrupto, lo que indefectiblemente se ha traducido en un esfuerzo estéril y de simulación. Estos paliativos, tarde que temprano, han terminado en el rotundo fracaso. Sin embargo, lo cierto es que aunado a ellos la disposición de recursos económicos para “capacitar” a las autoridades, “modernizar” los procedimientos o instalaciones, o para ampliar la burocracia con la creación de nuevas áreas que tengan como finalidad “prevenir” y “combatir” la corrupción son una constante y “jugosa” coincidencia.

La falsa discusión en cuanto a que la corrupción es un tema cultural, nos lleva a partir de falacias argumentativas que jamás nos permitirán comprender lo que está sucediendo en realidad y menos a encontrar la solución. Esto se debe a la ignorancia y enajenación en la que estamos, lo que ha ocasionado perder la capacidad para quitar el velo que cubre la realidad. La discusión, pues, se queda en la apariencia y no en lo que está atrás de ésta.

Tal ignorancia se refleja, por ejemplo, en la adopción de mentiras como verdades. Tal es el caso de creer que somos un país verdaderamente democrático; dogma incuestionable que conlleva a dar por sentado reglas, principios y valores que la democracia debe incluir y, peor aún, que el Estado de Derecho los garantiza a toda costa.

Pretender dar solución con fórmulas caducas e inservibles proporcionadas por un laboratorio clausurado por vender medicamento inútil, es en realidad querer mantener al paciente igual o peor de enfermo.

Antes de hablar de un sistema nacional anticorrupción, de contralorías ciudadanas o de organismos constitucionales autónomos como paliativos para prevenir y combatir los problemas de corrupción, tenemos que comprender que es necesario, primero, una limpia total del sistema a través de una verdadera educación que nos permita generar conciencia de lo que está sucediendo. De lo contrario, seguirán pasando gobiernos cada seis años sin que verdaderamente solucionemos este problema.

Tal vez el verdadero problema es que no hay problema y lo que verdaderamente se quiere es mantener a nuestro país en el estado en el que nos encontramos; al fin, México es un gran botín lleno de riquezas, puestas ahí para enriquecer los bolsos de cualquiera.

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